20/2/25 · Comunicación

"Esperen una creciente desigualdad: la movilidad favorecerá a los ricos, mientras que otros estarán cada vez más atrapados"

David Morley, professor emerito en Goldsmiths i sociólogo británico

David Morley
7 min.

Con cinco décadas de academia y publicaciones, el destacado sociólogo británico David Morley recientemente dio la conferencia principal titulada "Redes, territorios y fronteras: la política de (in)movilidad e (in)visibilidad" en el seminario GAME del 25 de octubre, organizado por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Morley exploró cómo las promesas de principios del siglo xxi sobre el capitalismo digital y el liberalismo fomentaron una movilidad sin precedentes dando paso a nuevos regímenes de fronteras y sistemas de vigilancia, remodelando el paisaje europeo y global en un contexto de creciente nacionalismo y restricción de movimiento.

Morley es profesor emérito en Goldsmiths, Universidad de Londres, y su trabajo interdisciplinario abarca estudios de audiencia mediática, geografía cultural y globalización. Pionero en la investigación de la audiencia y la tecnología, ha contribuido a teorías fundamentales en los estudios de medios, incluyendo el influyente modelo de codificación/decodificación con Stuart Hall en el Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies (CCCS). Entre sus obras más respetadas se encuentran Nationwide Audience (1978), Family Television (1986), Spaces of Identity (1996) y Communications and Mobility (2016), en las que examina el consumo de medios, la identidad y la movilidad en el contexto de las transformaciones globales y digitales.

 

A principios del siglo xxi existía cierto optimismo de que la tecnología digital y el capitalismo crearían un mundo de acceso igualitario. ¿Por qué no sucedió esto?

Esta idea, impulsada por personas como Thomas Friedman (en 2005), fue ridícula desde el principio, porque ignoraba las profundas diferencias sociopolíticas en todo el mundo. Aunque, claro, sonaba bien: todos somos iguales, democráticos, conectados. Pero era pura ideología, sin evidencia seria. Lo señalé en mi libro Home Territories de 2000: la verdadera igualdad y el verdadero acceso nunca fueron alcanzables solo con la tecnología. 

 

Entonces, ¿cuál era la realidad? 

Que existía un acceso desigual a la movilidad y la conectividad, que ahora es una de las dimensiones de desigualdad más importantes. Y hay un fallo en cómo vemos la tecnología digital: muchos análisis están demasiado centrados en la tecnología, como si esta lo impulsara todo. Yo veo la tecnología como un síntoma, no como la causa. Si pensamos en los años sesenta, cuando los trabajadores tenían vidas estructuradas, no necesitaban teléfonos móviles. Hoy, en un mundo caótico de contratos de cero horas, los teléfonos móviles ayudan a las personas a navegar la inestabilidad. Pero la tecnología digital no creó esta inestabilidad; es solo una herramienta que usamos para intentar lidiar con ella.

 

Se esperaba que el nacionalismo desapareciera, pero está resurgiendo. ¿Qué cree que ha contribuido a ello en la era digital?

En realidad, el nacionalismo nunca desapareció, está arraigado en los miedos humanos básicos a la diferencia y en la tendencia a quedarse con los que son como nosotros. Eso no lo impulsa la tecnología. En la Europa occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial, las cosas iban inusualmente bien, y los estudios sobre los medios de comunicación crecieron en esta burbuja estable y acomodada. Pero ese periodo era exótico, no una norma universal. Fuera de ese contexto, la misma tecnología mediática puede tener consecuencias muy diferentes.

 

¿Qué papel tienen las plataformas digitales en este contexto?

Desempeñan un papel, fijémonos en la India, por ejemplo. La financiación del BJP (Partido Popular Indio) procede de la diáspora, que suele ser más nacionalista que la del país de origen. Esta dinámica, en la que la cultura nacional "más pura" ni siquiera se encuentra dentro del espacio geográfico de la nación, revela que el nacionalismo a menudo se basa en pasados idealizados y distantes. Hay mucho que explorar en la forma en que la tecnología apoya estas narrativas.

 

¿Cómo ha configurado la tecnología digital los "nuevos regímenes fronterizos" y el control de la movilidad?

La tecnología digital es solo una herramienta para aplicar estos controles fronterizos; no es lo que los impulsa. El verdadero impulso para estos controles vino de cosas como los secuestros de aviones (11 de septiembre de 2001), que crearon la necesidad de una seguridad aeroportuaria más estricta. El otro día tardé tres horas en pasar por el aeropuerto de Barcelona debido a los controles de seguridad. El verdadero problema es el propio refuerzo de la seguridad, que se deriva de incidentes pasados en los que los aviones fueron convertidos en armas; la tecnología solo opera al final de esa cadena.

 

¿Cómo cree que el panorama geopolítico actual está modificando las fronteras europeas en comparación con la era posterior al telón de acero?

En una palabra: Putin. La idea de un mundo que avanza hacia la democracia liberal –como ¿El fin de la historia? de Francis Fukuyama– era ingenua. Occidente perdió su oportunidad con [Mijaíl] Gorbachov, un fracaso que Nelson Mandela criticó en los años noventa. Ahora estamos asistiendo a la "venganza de la historia" con Putin reclamando territorios; Ucrania y Georgia pueden ser absorbidas pronto, Moldavia está en peligro, y líderes como Viktor Orbán amenazan la integridad de la UE desde dentro. Europa podría acabar replegándose en un enclave rico en el noroeste, como una Liga Hanseática moderna, mientras deja escapar regiones como el sur de Italia. He visto a amigos de los Balcanes ver Europa como un sueño, pero, para cuando estén preparados, puede que ya no exista como esperaban.

 

¿Cómo ha influido la respuesta a los refugiados de Oriente Medio en las opiniones europeas sobre la migración y la identidad?

La visión europea de los refugiados está determinada por viejos temores: el "Oriente" histórico como enemigo ancestral. Ver a los refugiados puede ser como volver a enfrentarse a antiguos "demonios". En 2015, cuando los migrantes atravesaron los Balcanes, fue como una peregrinación medieval. Luego, un periódico británico mostró a refugiados con teléfonos móviles y, de repente, la gente se preguntó si eran "verdaderos" refugiados. Pero un teléfono inteligente es esencial para los migrantes; es la forma en que encuentran rutas, se conectan con la familia y acceden a los alimentos. Esta paradoja revela la lucha de Europa: los refugiados son temidos como "otros" extranjeros y como una fuerza misteriosa, casi como personajes de una película de terror.

 

¿Cómo ha influido el Brexit en la movilidad y la identidad nacional en el Reino Unido y Europa?

El Brexit desplazó drásticamente hacia la derecha la postura del Reino Unido sobre la inmigración y Europa. Ahora, todo lo que no sea hostilidad hacia los extranjeros se considera "liberalismo vago". El Partido Laborista evita las políticas proeuropeas por temor a la reacción de los votantes de clase trabajadora. Un reciente intento de reincorporarse a un acuerdo europeo de movilidad para los jóvenes fue abandonado por estos temores. Es trágico, ya que Erasmus –un programa que Umberto Eco alabó por "crear europeos"– es exactamente lo que el Reino Unido necesita para seguir conectado. El Brexit ha bloqueado al Reino Unido en programas cruciales, desplazando los debates sobre la raza y la cultura más a la derecha.

 

¿De qué manera contribuyen las condiciones socioeconómicas en las regiones posindustriales al auge del populismo nacionalista?

En las regiones en declive donde la industria manufacturera se fue debido a la globalización, varias generaciones se han enfrentado al desempleo y la frustración. Los hombres, otrora sostén de la familia, se sienten abandonados y despreciados, tachados de racistas u homófobos por los liberales. No es una política de cálculo racional; es ira y resentimiento, un deseo de perturbar. Trump en Estados Unidos y figuras como Nigel Farage o Boris Johnson en el Reino Unido aprovechan este sentimiento, haciendo que la gente se sienta escuchada. Con todos sus defectos, libros como Hillbilly, una elegía rural de J. D. Vance ayudan a mostrar por qué mucha gente pobre está tan desilusionada con la política dominante y se siente atraída por las voces populistas.

 

¿Qué problemas éticos o sociales ve en el aumento de la vigilancia digital?

La privacidad es casi imposible de mantener en la economía digital actual. Para acceder a servicios básicos, nos vemos obligados a ceder datos personales, desde cookies a historiales médicos. Pocos tienen tiempo o energía para protegerse de este sistema extractivo. Por ejemplo, si necesitas tratamiento médico, es muy posible que tengas que dar tu consentimiento para compartir todo tu historial médico con empresas privadas que pueden explotarlo con fines lucrativos. Está mal, pero ya está arraigado en todas las transacciones.

 

¿Qué se puede hacer para cambiar esta situación?

Revertir esta situación exigiría reescribir la legislación internacional, pero las empresas tecnológicas tienen un poder enorme. Imagínate pedirle a Elon Musk que te devuelva tus datos si está dirigiendo las cosas con Donald Trump… ¡Poco probable! El problema es enorme y, sinceramente, no sé cómo podemos empezar a solucionarlo.

 

¿Puede Europa equilibrar la seguridad y el control de las fronteras con la apertura y la libertad de movimientos?

Necesitamos algo más que valores; necesitamos recursos. El Servicio Nacional de Salud británico (NHS), por ejemplo, se creó para una población estable que contribuyera a él durante toda su vida. La inmigración a gran escala rompe este equilibrio, provocando el resentimiento de la población local, que considera que los recién llegados se llevan los recursos sin contribuir a ellos. Una solución podría ser el carné de identidad, que ofrecería asistencia sanitaria gratuita a los ciudadanos, mientras que a los inmigrantes se les podría pedir que contribuyeran más a los gastos sanitarios. Pero Gran Bretaña se resiste a los carnés de identidad, por considerarlos restrictivos. El modelo de bienestar de 1945 no funciona hoy. Abordar estos retos del bienestar podría aliviar los resentimientos y mejorar el sistema, pero es una cuestión de enormes proporciones que a menudo se evita.

 

¿Hacia dónde ve el futuro de la conectividad y la movilidad?

Es de esperar que aumente la desigualdad. Las personas más ricas y bien conectadas tendrán más libertad de movimiento, mientras que los desfavorecidos se verán cada vez más atrapados. La película de Michael Winterbottom Código 46, sobre un futuro en el que solo los ricos vivirán en ciudades-Estado seguras, refleja esta tendencia. Los gobiernos impulsan soluciones digitales, como el plan británico de dar a todo el mundo un teléfono inteligente para navegar por los servicios sanitarios, pero para los pobres estas "innovaciones" suelen fracasar. Esto puede deberse simplemente a que no tienen un historial crediticio lo suficientemente bueno como para acceder a esa tecnología, o a que no pueden permitirse créditos telefónicos suficientes para estar "en espera" mientras el departamento gubernamental con el que contactan responde a su llamada.

¿Impactará en la sostenibilidad?

Los centros de datos consumen cantidades ingentes de electricidad; por ejemplo, en Irlanda ya consumen el 20 % del suministro total y es probable que aumenten hasta el 30 %. A la larga, los gobiernos tendrán que tomar decisiones difíciles sobre la distribución de la energía. Toda esta "moderna" tecnología sin papel conlleva costes invisibles. En palabras de Ibn Jaldún, predecir el futuro es cosa de tontos, pero las tendencias actuales apuntan a una creciente brecha en el acceso y la movilidad.

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