3/1/17 · Economía

El 'negocio' de la reventa de regalos de Navidad

Por Navidad y Reyes se suelen recibir regalos que no gustan o que no nos van bien. Siempre ha habido la opción de devolverlos o cambiarlos, ya que reciclarlos o darles una segunda vida requería, hasta hace relativamente poco, un esfuerzo que no muchos estaban dispuestos a hacer. Ahora con un simple clic y desde casa se pueden revender por Wallapop o Ebay, plataformas que, además, permiten sacar beneficios económicos de estos regalos. Pero, ¿son realmente experiencias basadas en los principios de la economía colaborativa o solo usan la buena fama del modelo para vender más?
9 de cada 10 familias españolas han comprado hasta el 80% de sus regalos de esta Navidad en tiendas digitales, un 10 % más que el año pasado

9 de cada 10 familias españolas han comprado hasta el 80% de sus regalos de esta Navidad en tiendas digitales, un 10 % más que el año pasado

Las nuevas tecnologías ofrecen nuevas posibilidades. Y las compras y los regalos navideños no escapan de ello. Para Mayo Fuster, directora del grupo de investigación Dimmons de la UOC, tenemos nuevas maneras de consumir porque las nuevas tecnologías «han cambiado los circuitos de consumo».

Lo prueba el estudio Navidad Digital realizado por Privalia, que dice que 9 de cada 10 familias españolas han comprado hasta el 80 % de sus regalos de esta Navidad en tiendas digitales, un 10 % más que el año pasado. Y prefieren hacerlo desde casa, por la noche y desde el móvil. De este modo se ahorran colas y dinero. Gracias a internet y sobre todo a los teléfonos inteligentes, la sociedad se ha acostumbrado a comprar y a consumir de manera diferente y dentro de estas nuevas tendencias, el consumo colaborativo también se está abriendo paso.

Plataformas de consumo colaborativo como Wallapop y Ebay lo ponen muy fácil. Se pueden adquirir regalos más económicos y vender los que no se quieran. Ebay incluso promociona lo que se denomina re-gifting (re-regalar), con la posibilidad de ganar hasta 300 euros. Y Wallapop tiene la ventaja de que pone contacto a gente que vive en el mismo barrio o en la misma ciudad.


Un modelo en auge

Augusto Corrons, profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, cree que estamos ante un cambio de paradigma: «pasamos de la fórmula clásica de comprar, utilizar y tirar a un paradigma más integrador en el que no se trata tanto de tener cosas como de utilizarlas», y pone el ejemplo del taladro: todo el mundo tiene uno pero lo usamos en contadas ocasiones. Con esta nueva manera de consumir se trata de compartirlo con otros usuarios y pagar por el uso.

La Unión Europea cuantificó el impacto del mercado colaborativo en 28.000 millones de euros en 2015, según un informe de la Comisión Europea. Y existe la previsión de que en 2025 mueva más de 300.000 millones de euros en todo el mundo, según el estudio Los límites de la economía colaborativa, realizado por OBS Business School. Algunos expertos consideran que estos datos están hinchados pero, según la investigadora de la UOC Mayo Fuster, estén hinchados o no «es innegable que el sector crecerá muchísimo».

Pese a las buenas expectativas, Corrons asegura que este cambio todavía es muy incipiente. La prueba la tenemos el día siguiente a Reyes cuando encontramos los contenedores llenos de cajas de juguetes nuevos; pero está de acuerdo con Fuster en que la tendencia de revender en el mercado de segunda mano va en aumento y tiene mucho campo por recorrer. Es lo que se llama economía circular, que facilita que «el producto no se tire, sino que se reutilice, por lo cual se promueve la sostenibilidad ambiental».


Colaboración sostenible

Precisamente el objetivo de la economía colaborativa, un modelo basado en el intercambio de productos y servicios entre particulares desde una plataforma digital, también es fomentar el reciclaje y la reutilización de productos y promover el consumo de proximidad. Corrons pone el ejemplo del uso compartido de vehículos como Blablacar. Si tienes que ir a Madrid en coche y te pones de acuerdo con tres o cuatro personas más, para ti representa un ahorro de dinero pero también tiene una dimensión social ‒puesto que te conecta con personas que antes no conocías‒ y una dimensión medioambiental ‒porque se consumirá menos carburante, solo se usará un coche y, por lo tanto, se contaminará menos‒.

Así pues, los principios de la economía colaborativa, que se denomina procomún, son favorecer la sostenibilidad y reducir el consumo. ¿Pero, realmente, plataformas como Wallapop y Ebay ‒o también otras como Airbnb o Uber‒ se fundamentan en los valores de la economía colaborativa o son corporaciones que se llevan el buen nombre del consumo colaborativo procomún y en realidad se mueven por el afán de lucro?

Mayo Fuster alerta sobre iniciativas como Wallapop, que pese a crear nuevos circuitos de circulación de bienes, incentiva el consumo hasta el punto de que hay adictos a esta plataforma. O Airbnb: aunque reduce el impacto ambiental porque no se construyen más hoteles, se ha comprobado que los turistas que visitan las ciudades con Airbnb acaban consumiendo más.

Augusto Corrons también avisa de que «muchas iniciativas corporativas aprovechan el concepto colaborativo para vender y en esencia no tienen nada que ver con la economía colaborativa porque su objetivo es hacer dinero».

Estas grandes corporaciones, además de tener lógicas de organización similares al modelo procomún basadas en principios de colaboración, suelen ser muy poco transparentes, se mueven por el afán de lucro y privatizan aspectos como la gestión de la plataforma y el gran volumen de datos que generan. Unos datos que antes estaban en manos de universidades públicas y de los estados y gracias a los cuales ahora estas empresas pueden dominar el mercado porque les permiten conocer mejor los intereses y las necesidades de los consumidores. Fuster cree que tenemos que tomar conciencia de las implicaciones que tiene utilizar este tipo de plataformas llamadas unicornio, que disfrutan del apoyo de la UE, que pretende hacer una legislación común. Por el contrario, ciudades como Barcelona, Bolonia o Bristol son mucho más favorables al modelo procomún.

Expertos UOC

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